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Apple: en busca de otro milagro

 

El iPhone ha dado a Apple una década gloriosa. Tim Cook quiere ahora otra apoyada en un catálogo de servicios cada vez más variado pero que nace bajo el escrutinio de los organismos reguladores por el inmenso poder que ha acumulado la empresa.

En el año 2007, Steve Jobs comenzó su discurso inaugural de la exposición Macworld de San Francisco en tono profético. "Gracias por venir. Hoy vamos a hacer algo histórico", dijo a los más de 4.000 asistentes a la conferencia. Durante los 45 minutos siguientes, vestido con sus clásicos vaqueros y camisa de cuello vuelto, transformó el mundo para siempre.

Esa fue la conferencia en la que Apple mostró por primera vez su teléfono, el iPhone. No era el primer smartphone del mercado pero sí el primero que todo el mundo se sentiría cómodo llevando en el bolsillo. Jobs se marcó un objetivo ese día: vender más de 10 millones de unidades antes de acabar el 2008, "un 1% del mercado de la telefonía móvil".

Hoy, en un buen trimestre, Apple puede llegar a vender 70 millones de teléfonos. Aunque la compañía ya no desglosa la cifra de unidades vendidas –el enfriamiento del mercado global de la telefonía móvil afea la gráfica de la evolución histórica–, es probable que cerrase 2019 con 185 millones de terminales despachados en todo el mundo. Eso son, de media, casi seis teléfonos cada segundo de cada día de cada mes del año. Este formidable negocio ha catapultado a Apple a lo alto de la lista de empresas por capitalización bursátil. Los iPhone, después de todo, no son solo los teléfonos más populares del mercado sino también los que mayor margen de beneficio reportan a su fabricante. Apple fue la primera empresa cotizada en romper la barrera del billón de dólares de valor (un trillón en notación americana), un club al que también se han sumado posteriormente Amazon, Microsoft o Alphabet (Google), antes de que la epidemia del COVID-19 hiciese tambalear los mercados.

Sobre Tim Cook, sucesor de Steve Jobs y actual presidente de la compañía, ha caído una compleja tarea. ¿Cómo se puede hacer crecer la que ya es la mayor compañía del mundo? Cook, que durante años fue el encargado de operaciones de la compañía y artífice de su precisa cadena de producción en Asia, ha encontrado varios caminos, aunque no todos igual de prometedores. Tiene el iPad, los ubicuos AirPods o el Apple Watch, que está abriendo las puertas al mercado de la salud y el bienestar. Son buenos negocios –por sí solos estarían entre las 500 mayores compañías del mundo– pero nada que se acerque al iPhone.

Giro a los servicios


Los servicios, en cambio, son un asunto diferente. Esta categoría que aglutina el creciente catálogo de productos de pago recurrente, propiedades como Apple Music –56 millones de usuarios–, Apple Arcade o la tienda de aplicaciones AppStore, en la que Apple obtiene por lo general un 30% de comisión sobre el gasto de los usuarios. Y gastamos. Vaya si gastamos.

Esta categoría está creciendo casi un 20% anual y no parece tener intención de frenar en un futuro próximo. A finales del pasado año la empresa lanzó, por ejemplo, AppleTV+, un servicio de vídeo a la carta con series propias producidas por conocidos nombres de la industria del cine y la televisión. No es todavía un rival para Netflix, que tiene un catálogo mucho mayor, o el recién lanzado Disney+, pero tiene la ambición de convertirse en ello. Apple también ha comenzado a entrar tímidamente en el mundo de los servicios financieros con su primera tarjeta de crédito, Apple Card.

La empresa puede permitirse hacer tantas apuestas porque todas se sostienen sobre la sólida plataforma que han creado el teléfono y sus otros productos. Más de 1.000 millones de usuarios activos en todo el mundo que consiguen, por ejemplo, que un sistema de pago móvil como Apple Pay alcance rápidamente una masa de usuarios crítica.

Apple tiene además una ventaja única en Silicon Valley. Su negocio no depende del mercadeo con los datos de sus usuarios. Vende productos y servicios, no audiencias a terceros. Es una posición envidiable que le permite presumir de seguridad y privacidad frente a rivales como Google y Facebook o tomar posiciones más firmes cuando, por ejemplo, el FBI pide acceso a los datos de un iPhone.

Pero tiene un problema, también. Y es que hace tiempo que dejó de ser la empresa que estuvo al borde de la quiebra en un mundo dominado por Windows. Su flamante nueva sede en Cupertino, el Apple Park, es prueba de ello y su nuevo tamaño está despertando recelos entre los organismos reguladores de todo el mundo. En Europa, la compañía ha estado en el punto de mira de la Comisión por sus creativas estrategias para evadir el pago de impuestos o por su empecinamiento a la hora de usar puertos propietarios en sus teléfonos.

En EE UU, la división antimonopolio de la Comisión del Mercado (FTC) está investigando si algunas de las prácticas de la empresa con la AppStore pueden considerase abuso de posición dominante. El resultado de las próximas elecciones presidenciales en el país podría influir, pero es evidente que Apple ya no puede esconderse de gobiernos y reguladores como antes. Acostumbrada durante muchos años a ser un David, no parece sentirse del todo cómoda en este papel de Goliath, y en parte es porque aún está sumida en un proceso de transformación interna.

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